100 DIAS DE GOBIERNO

Bulmaro Pacheco

En el discurso oficial del gobierno federal predomina la obsesión sobre una Cuarta Transformación de México que todavía no alcanzamos —cuando menos en sus bases y sus esquemas, a divisar del todo.

Como tesis, el argumento no es nuevo ni original. Ya antes, los académicos John Micklehwait y Adrian Wooldridge habían planteado la “Cuarta Revolución” como una carrera global que busca reinventar al Estado, e identifican la primera en el siglo XVII, la segunda a finales del XVIII y principios del XIX, la tercera la ubican en la invención del Estado de bienestar y definen la necesidad de una cuarta, porque el mundo emergente necesita reformas para seguir avanzando. “Hay un carrera mundial, pero está basada en promesas tanto como en el miedo”. Y concluyen: “Se puede gobernar mucho mejor, poner al Leviatán bajo control, será la cuestión central de la política global debido a la confluencia de tres fuerzas: El fracaso, la competencia y la oportunidad”.

Otro que se refiere a una cuarta revolución —ésta industrial— ha sido el investigador Klaus Schwab, del Foro Económico Mundial, que sostiene: “Lo que considero la cuarta revolución industrial no se parece a nada que la humanidad haya experimentado antes: La primera (1760-1840) del ferrocarril y el motor de vapor, la segunda, de finales del XIX —de la electricidad y la cadena de montaje— y principios del XX, y la tercera, de 1960 en adelante, conocida como la digital o del ordenador. La cuarta es la que estamos experimentando actualmente”.

El nuevo gobierno federal parte de que en México ha habido históricamente, tres transformaciones que han definido el rumbo histórico de la nación: La Independencia, la Reforma y la Revolución, y que a partir de la elección de julio pasado están dadas las condiciones para iniciar una cuarta etapa, —una cuarta transformación—, igual o de la misma dimensión que las tres anteriores, tanto por su trascendencia histórica como por sus consecuencias para México. Está por verse.

El presidente López Obrador empezó a su estilo esa nueva etapa (o 4T) a través de símbolos, para aterrizar con lo que a su juicio rompía con el pasado inmediato: Ya no vivir ni despachar en la residencia oficial de Los Pinos, utilizada por los presidentes de México desde que se sustituyó al Castillo de Chapultepec en 1934.

Por lo pronto, vivir en su casa particular y despachar en Palacio Nacional; desaparecer al Estado Mayor Presidencial, reformado desde la presidencia de Venustiano Carranza (1916); quitarle las pensiones a los ex presidentes de la República, vigentes desde el gobierno de Luis Echeverría y reformadas por Miguel de la Madrid; sacar de circulación el avión presidencial y viajar en aviones de línea comercial; y no utilizar la flotilla de vehículos oficiales –que posteriormente fue rematada–. Cancelar el proyecto avanzado del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México (NAIM), y aterrizar el proyecto del tren Maya entre otras prioridades.

En lo administrativo, bajar el salario del presidente hasta los 108 mil pesos mensuales y trabajar con el Congreso para una ley de remuneraciones, donde quedara reglamentado (artículo 127 de la CPEUM) que ningún funcionario federal podrá ganar más que el Presidente.

También mediante reformas a la Ley Orgánica de la Administración Pública federal, anunciar la creación de los “súper delegados especiales” del gobierno federal —dependientes directamente del presidente de la República—, para vigilar la aplicación de los programas sociales en estados y municipios, y trasladar—descentralizar— la sede de las secretarías de Estado y los principales organismos gubernamentales de la federación a diversas entidades de la República. Al final los “superdelegados” quedaron como modestos representantes de la ex Sedesol (hoy de bienestar) y la descentralización de las dependencias federales al parecer esperará otros tiempos.

En su política social; prioridad a los siguientes programas: Pensión para el bienestar a los adultos mayores; beca universal Benito Juárez para estudiantes de educación media superior; pensión para el bienestar de las personas con discapacidad permanente; Jóvenes Construyendo Futuro; tandas para el bienestar; sembrando vida; y becas para estudiantes de nivel superior. Una política con visibles objetivos clientelares—“neoliberalismo asistencialista” dice Joel Ortega—“Estado social”, según Olga Sánchez Cordero— pero con mira electoral que no hace distinto a éste gobierno de los anteriores y que a decir de María Amparo Casar, iría destinada a los 23 millones de potenciales votantes para el 2021 a los que según los 7 programas, este año se les darán191 mil millones de pesos directamente y sin intermediarios. (Nexos marzo 2019)

La lucha contra el robo de combustibles y los señalamientos constantes contra la corrupción se le han aplaudido.La creación de la guardia Nacional consensada con las oposiciones también. Entre las pifias, sumado al error de cancelar el aeropuerto y los apoyos a las guarderías infantiles, también está la insatisfacción de los productores del campo.

En la época de la primera transformación, México era una nación con apenas 6.1 millones de habitantes. El movimiento de independencia se gestó para quitarnos de encima la dominación Española, y con un intenso debate entre centralistas y federalistas se dio lugar a la Constitución de 1824, que estuvo en vigor poco más de 10 años sin alteraciones: “Sin embargo su trayectoria estuvo plagada de vicisitudes, rivalidades constantes entre el presidente y el vice presidente, pronunciamientos y cuartelazos, amenazas y presiones del exterior y sobre todo la pugna irreconciliable entre liberales y conservadores determinaron su abrogación”. (Fix Zamudio-Valencia Carmona)
En la segunda Transformación —la Reforma— México era una nación de apenas 9.1 millones de habitantes, y la lucha fue por la formación de un Estado mexicano moderno que pudiera resolver la permanente inestabilidad política y social de más de 30 años, generada por las cruentas luchas por el poder y por problemas no resueltos con los dos poderes más importantes de entonces: La Iglesia católica y los caudillos militares. Fue un largo período de inestabilidad, donde en México lo viejo no terminaba de irse y lo nuevo no alcanzaba a aterrizar del todo. “Fue un momento en que la nación pareció efectuar una reflexión sobre sí misma para conformarse de manera definitiva”. (Fix)

La Constitución de 1857, fruto de “una de las generaciones más ilustres que ha tenido el país”, vio su vigencia interrumpida por la invasión francesa y el imperio de Maximiliano (1864-1867). Incorporó las leyes de reforma en 1873, restableció el Senado y el veto presidencial en 1874 y sufrió varias modificaciones que permitieron la reelección de Porfirio Díaz.

La tercera transformación de México se originó principalmente por la cerrazón de los científicos y la negativa de Porfirio Díaz a retirarse del poder después de ejercerlo de 1876 a 1911. La revuelta dio lugar a una nueva constitución, la de 1917. En el ínter hubo dos golpes de Estado, uno contra Madero (1913), con la Constitución de 1857, y otro contra Carranza, ya con la de Querétaro y vigente en 1920.

La nueva Constitución de 1917 ya con un México de 16 millones de habitantes resistiría las presiones del gobierno de los Estados Unidos porque se diera marcha atrás en algunos aspectos relacionados con la propiedad agraria, petrolera y minera; la rebelión sucesoria de Adolfo de la Huerta de 1924; el conflicto cristero de 1925; la reelección y posterior asesinato de Álvaro Obregón; y las tensiones políticas de Cárdenas contra Calles. También resistió los conflictos por el Poder de 1940 y 1952; la movilización social de 1968; el asesinato del candidato presidencial en 1994; y la transición de partido en el poder en el 2000. Una Constitución con más de 700 reformas en 102 años, que ha resistido todo tipo de retos y desafíos y para 130 millones de habitantes ahora.

Con todas esas reformas, México cambió, avanzó, resistió y se modernizó. Su reformada Constitución y su sistema político se abrieron a la alternancia, la representación, la pluralidad y a la transmisión del poder sin rupturas ni golpes de Estado, muy diferente a lo que aconteció en el resto de las naciones latinoamericanas. Ante eso:
¿Cuál es el tipo de Estado que pretende rediseñar el nuevo gobierno para estar a tono con una cuarta transformación del nivel de las tres anteriores?. Hasta ahora no lo sabemos.

¿Que tipo de modelo estatal—más allá de la veneración a los héroes nacionales— habrán de definir para cambiar? Tampoco se ve.

¿Realmente cuentan con una generación ilustre y comprometida como las tres anteriores que sepa impulsar una cuarta transformación? ¿Tendrán el diagnóstico real de los problemas de México y sus alternativas para una verdadera transformación, más allá de las culpas al pasado, a los ex presidentes, a la mafia del poder, la corrupción y a los fantasmas del neoliberalismo? Muchos pendientes todavía y apenas a 100 días.
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